ninjasaga
sábado, 24 de marzo de 2012
viernes, 4 de noviembre de 2011
Semana Animal
La Semana de la Vida Animal nos invita a reflexionar sobre el rol de la sociedad respecto a los animales. El 4 de octubre también se celebra el Día Mundial de los Animales y es un motivo más para sensibilizar a las personas y propiciar una convivencia armónica con la naturaleza.
Un hombre que entregó su vida en defensa de los animales fue San Francisco de Asís. Él nos enseñó a amarlos y dijo que son seres que merecen todo nuestro respeto y protección. Por ello, este santo fue declarado patrón de los ecologistas y de los animales por el papa Pablo VI. No fue un ecologista en el sentido moderno pero realizó una sorprendente labor en favor de los animales.
Es un momento propicio para meditar y reafirmar nuestra posición en defensa de los animales. La oportunidad también sirve para realizar un balance sobre el tema y preguntarnos cómo es nuestra convivencia con los animales. El resultado, lamentablemente, es desfavorable para el hombre, pues comete una serie de excesos contra la vida animal.
Pocos conocen la legislación internacional que defiende los derechos de los animales, la que se plasma en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales. En el preámbulo de este documento se indica que el hombre ha cometido crímenes contra la naturaleza y los animales y se convierte en el principal agente que destruye la vida animal. Para ello se vale de cualquier medio y pretexto.
La educación nos permite respetar y dar amor a los animales, que forman parte del mundo en que vivimos. El respeto a estos seres esta íntimamente vinculado con el respeto hacia uno mismo. Es decir: el trato que damos a los hombres debe ser el mismo que debemos otorgar a los animales. Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen derechos a la existencia, atención, cuidados, protección y respeto; por ello, no se debe permitir su exterminio o explotación.
Los animales tienen el derecho inalienable a vivir libremente en su propio ambiente natural, terrestre, aéreo o acuático. No pueden vivir en cautiverio; menos aún sometidos al maltrato o al descuido. Ellos necesitan una esmerada atención porque mejoran nuestro mundo y nos brindan una serie de recursos que permiten la existencia humana. Sin embargo, en el proceso de aprovechamiento de los recursos, los hombres terminan por depredarlo todo y generan la extinción de algunas especies y la huída de otras, las cuales deben adaptarse a nuevas formas de vida.
La crueldad aplicada contra los animales llega a ser espantosa y dolorosa. Ejemplo bastan y sobra, y podemos verlo con los toros, gallos, osos, delfines, elefantes, lobos de mar y pingüinos. Esa crueldad y violencia nos coloca en una escala inferior.
Cuando el hombre estudia a los animales encuentra sabias enseñanzas. Aspectos de la conducta animal estudiados por Darwin, Oparin, Aristóteles, Charles Dickens o Herbert Spencer ayudaron a entender la organización humana. La forma en que se organizan, su instinto de conservación y los diversos mecanismos de defensa que aplican también han sido aprendidos y utilizados por el hombre.
A pesar de ello, es necesario cuestionarnos sobre una serie de actitudes humanas. ¿Conocemos los derechos de los animales? ¿Los respetamos? ¿Hemos mejorado nuestra relación con respecto a ellos? Varias de estas preguntas quedarían sin respuesta porque, a pesar de que existe una importante cantidad de entidades defensoras de los animales, el daño causado es enorme
Un hombre que entregó su vida en defensa de los animales fue San Francisco de Asís. Él nos enseñó a amarlos y dijo que son seres que merecen todo nuestro respeto y protección. Por ello, este santo fue declarado patrón de los ecologistas y de los animales por el papa Pablo VI. No fue un ecologista en el sentido moderno pero realizó una sorprendente labor en favor de los animales.
Es un momento propicio para meditar y reafirmar nuestra posición en defensa de los animales. La oportunidad también sirve para realizar un balance sobre el tema y preguntarnos cómo es nuestra convivencia con los animales. El resultado, lamentablemente, es desfavorable para el hombre, pues comete una serie de excesos contra la vida animal.
Pocos conocen la legislación internacional que defiende los derechos de los animales, la que se plasma en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales. En el preámbulo de este documento se indica que el hombre ha cometido crímenes contra la naturaleza y los animales y se convierte en el principal agente que destruye la vida animal. Para ello se vale de cualquier medio y pretexto.
La educación nos permite respetar y dar amor a los animales, que forman parte del mundo en que vivimos. El respeto a estos seres esta íntimamente vinculado con el respeto hacia uno mismo. Es decir: el trato que damos a los hombres debe ser el mismo que debemos otorgar a los animales. Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen derechos a la existencia, atención, cuidados, protección y respeto; por ello, no se debe permitir su exterminio o explotación.
Los animales tienen el derecho inalienable a vivir libremente en su propio ambiente natural, terrestre, aéreo o acuático. No pueden vivir en cautiverio; menos aún sometidos al maltrato o al descuido. Ellos necesitan una esmerada atención porque mejoran nuestro mundo y nos brindan una serie de recursos que permiten la existencia humana. Sin embargo, en el proceso de aprovechamiento de los recursos, los hombres terminan por depredarlo todo y generan la extinción de algunas especies y la huída de otras, las cuales deben adaptarse a nuevas formas de vida.
La crueldad aplicada contra los animales llega a ser espantosa y dolorosa. Ejemplo bastan y sobra, y podemos verlo con los toros, gallos, osos, delfines, elefantes, lobos de mar y pingüinos. Esa crueldad y violencia nos coloca en una escala inferior.
Cuando el hombre estudia a los animales encuentra sabias enseñanzas. Aspectos de la conducta animal estudiados por Darwin, Oparin, Aristóteles, Charles Dickens o Herbert Spencer ayudaron a entender la organización humana. La forma en que se organizan, su instinto de conservación y los diversos mecanismos de defensa que aplican también han sido aprendidos y utilizados por el hombre.
A pesar de ello, es necesario cuestionarnos sobre una serie de actitudes humanas. ¿Conocemos los derechos de los animales? ¿Los respetamos? ¿Hemos mejorado nuestra relación con respecto a ellos? Varias de estas preguntas quedarían sin respuesta porque, a pesar de que existe una importante cantidad de entidades defensoras de los animales, el daño causado es enorme
EL AHORRO DE ENERGIA
La casa es por definición, el ámbito de lo privado. El lugar donde se cumplen algunas de las aspiraciones más profundas del ser humano, ligadas con la idea de la supervivencia, de la intimidad y del refugio. La casa puede suponer la protección física de las personas o de las cosas, la protección del descanso, del ocio o de la convivencia. Pero, por encima de todo, la casa representa, desde sus orígenes, el lugar de protección del fuego. Un fuego elemental que hay que conservar y al que hace referencia la misma expresión de "hogar". Un fuego en torno al cual los seres humanos se calientan, cocinan los alimentos y se iluminan por la noche... un consumo de energía necesario para la vida.
Consumir energía es sinónimo de actividad, de transformación y de progreso, siempre que ese consumo esté ajustado a nuestras necesidades y trate de aprovechar al máximo las posibilidades contenidas en la energía.
Desde las necesidades más básicas y primitivas (calentarse con una hoguera o cocinar los alimentos), a las más modernas y sofisticadas (conservar esos mismos alimentos durante varios meses o enviar mensajes por escrito a través de un fax), la mejora de las condiciones de vida de los hombres o de su nivel de bienestar han exigido siempre disponer de un excedente de energía que pudiese ser consumido. El consumo de energía, también en el hogar, es por tanto sinónimo de progreso, de aumento de la infraestructura, los bienes y servicios disponibles y de la satisfacción de las necesidades.
Un principio esencial para el ahorro de energía consiste en conocer cómo funcionan los equipos y aparatos en el hogar, los diferentes tipos de energía que consumen y el distinto aprovechamiento que podemos obtener de ellos.
Es importantísimo tener en cuenta que la trascendencia y la complejidad que hoy en día supone el consumo de energía en el interior de los hogares, no sólo no están reñidas sino todo lo contrario, con la posibilidad de hacer un buen uso de esta energía y utilizarla con la mayor eficiencia.
Consumir energía es sinónimo de actividad, de transformación y de progreso, siempre que ese consumo esté ajustado a nuestras necesidades y trate de aprovechar al máximo las posibilidades contenidas en la energía.
Desde las necesidades más básicas y primitivas (calentarse con una hoguera o cocinar los alimentos), a las más modernas y sofisticadas (conservar esos mismos alimentos durante varios meses o enviar mensajes por escrito a través de un fax), la mejora de las condiciones de vida de los hombres o de su nivel de bienestar han exigido siempre disponer de un excedente de energía que pudiese ser consumido. El consumo de energía, también en el hogar, es por tanto sinónimo de progreso, de aumento de la infraestructura, los bienes y servicios disponibles y de la satisfacción de las necesidades.
Un principio esencial para el ahorro de energía consiste en conocer cómo funcionan los equipos y aparatos en el hogar, los diferentes tipos de energía que consumen y el distinto aprovechamiento que podemos obtener de ellos.
Es importantísimo tener en cuenta que la trascendencia y la complejidad que hoy en día supone el consumo de energía en el interior de los hogares, no sólo no están reñidas sino todo lo contrario, con la posibilidad de hacer un buen uso de esta energía y utilizarla con la mayor eficiencia.
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